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    Stoner, de John Williams. La belleza de una vida común

    • Foto del escritor: Raquel Montes
      Raquel Montes
    • hace 6 días
    • 2 Min. de lectura

    Uno de los libros que leí el año pasado que más me impactaron, y aún no sé exactamente por qué, es Stoner, de John Williams. Y no lo digo porque le falten cualidades para ser una gran novela, sino porque su encanto es el poso que deja en el lector. Hay libros que consiguen quedarse en nosotros como una voz que incorporamos, una especie de eco que se pierde en nuestro interior y, de vez en cuando, emerge para arroparnos. Eso es lo que me ha ocurrido a mí con Stoner, una novela que fue publicada en 1965 y que, recientemente, ha sido rescatada del olvido; cosa que, por otra parte, tampoco me sorprende, porque cuenta la vida de alguien como a cámara lenta, sin grandes sobresaltos. Y, en estos momentos en los que todo parece acelerarse y consumirse apenas prendido, sumergirse en una historia así, lenta, retenida, tiene algo de adentrarse en un terreno desconocido no hostil. Puede que sea también porque, a los que hemos nacido en otra época, nos recuerda el mundo de antes, de los grandes espacios abiertos donde todo se movía más lentamente.


    Pero sería injusto decir que es ahí donde reside su fuerza. Esa es la atmósfera que nos predispone y que, al mismo tiempo, refleja la historia. La historia de un hombre común que, en la vida, apenas tuvo la ocasión de llevar a cabo un gran-pequeño acto de rebeldía, al que después le siguen conatos y oportunidades de alzar el vuelo para volver a caer sin aspavientos. Es una historia sobre una frustración que no amarga, fracasos en minúscula y alegrías moderadas. Es una novela que sorprende porque está pegada a la realidad, porque la mayoría de vidas son así, se extinguen sin dejar grandes relatos. ¿Y acaso no trata la literatura de los grandes relatos? ¿Puede una novela sin épica convertirse, paradójicamente, en un gran relato? Puede que Stoner sea una versión más contemporánea de Iván Ilich, con menos carga dramática y más resignación.


    La historia nos hace sentir una parte de nuestra soledad (la que necesariamente experimentamos todos, porque vivir también significa sentirse solo), con la ración de decepciones que nos toca en suerte, con los momentos en los que no ocurre nada y uno ya no sabe si debe seguir esperando o no. Y el caso es que no es una novela triste, quizá sí melancólica. Y mucho menos trasmite desesperación, porque no hay desesperación en William Stoner, a pesar de que todo podría haber sido de otra manera. Y es en ese condicional donde vivimos todos en mayor o menor medida.



    Portada de la novela Stoner, de John Williams
    Portada de la novela Stoner, de John Williams

     
     
     

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