La negación que nos revela en Bartleby, el escribiente: Wall Street y el sentido de vivir
- Raquel Montes

- 26 nov 2025
- 2 Min. de lectura
Recientemente leí Bartleby, el escribiente de Herman Melville. No lo había hecho hasta ahora porque tuve la suerte de ver su puesta en escena durante el festival de teatro de Avignon hace unos años, y la magia de esa representación había perdurado hasta fechas recientes. El recuerdo estaba ligado a la potencia del «je préférerais ne pas» pronunciada por ese ser difuso, inescrutable e incomprensible. Seguía siendo un símbolo de la resistencia del individuo que creemos muy compleja, pero a veces puede ser tan sencilla como detenerse un día y decir ya no más. Una frase corta pero demoledora, en un sentido también literal, pues la desvinculación de una persona, pone a las que la rodean en la tesitura de justificar por qué seguir. ¿Y qué ocurre si nos damos cuenta de que no existe una buena razón? Nos pone ante el vértigo del vacío.
Hay un detalle del libro en el que no se suele reparar, pero que, a mí, a propósito de lo dicho más arriba, me resulta particularmente interesante y sugestivo: el título del libro completo es Bartleby, el escribiente. Una historia de Wall Street. Según indica la Wikipedia el texto fue publicado en 1853 y desconozco si, por aquel entonces, Wall Street era ya lo que es para nosotros: una de las mecas (si no LA meca) del capitalismo. Al darme cuenta y todavía con esa media sonrisa irónica en el rostro, pensé en ese fenómeno del que se habló tanto hace unos años y que se denominó la Gran Renuncia. Relacionado estrechamente con la pandemia de covid, llevó a muchas personas a dejar su empleo llevados por la búsqueda de una vida, y dentro de ella, un empleo con más sentido. Otro fenómeno relacionado, aunque de más largo aliento, es el de la renuncia silenciosa (quiet quitting) que tiene que ver con no dedicarle al trabajo más de lo estrictamente necesario. Aunque este último se ha analizado desde la perspectiva generacional, no deja de ser una muestra de la necesidad de sentido. Es la forma contemporánea del «preferiría no hacerlo».
Lo curioso del texto es que Bartleby no propone nada, no representa nada, más que la negación más absoluta. Bartleby es un ser indefinido que permanece inaccesible y opaco para el lector. O incluso peor, se va difuminando a medida que se va desinvolucrando de la vida. Alrededor de Bartleby, sin embargo, sí que vemos una serie de personajes llenos de color y de particularidades. Al leer el libro, este segundo aspecto es el que más me llamó la atención. Y es que el relato resulta incluso divertido por lo variopinto de sus personajes, sus manías y sus reflexiones. En esa oficina de Wall Street nos encontramos con la cuestión fundamental sobre el sentido de nuestra vida: a un lado, la turbulencia, la riqueza de motivos y de detalles; al otro, la nada. Y, mientras que Bartleby, “contagia” al resto, haciéndoles descubrir que pueden negarse, que pueden preferir otras cosas, que tienen derecho a hacerlo; nada queda en Bartleby de sus compañeros, se extingue. Una dosis de absurdo nos salva, nos vivifica; la indeterminación absoluta nos destruye.





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