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    Cómo crear personajes en una novela: mi experiencia con La vida de Lea

    • Foto del escritor: Raquel Montes
      Raquel Montes
    • 29 sept 2025
    • 2 Min. de lectura

    Este fin de semana, durante una cena, alguien me hizo una pregunta que me desconcertó: «¿Pero quieres a tus personajes o no?» Creo que tardé un segundo en responder, y no porque tuviera dudas sobre mi respuesta, sino porque intentaba vislumbrar la magnitud de ese 'o no', es decir, la posibilidad de no querer a tus personajes, de que te caigan mal. Después de ese segundo de calibración, respondí que claro que quería a mis personajes. Me parece imposible dedicarle tanto esfuerzo e implicación a producir seres imaginarios para entrar en guerra con ellos.


    No obstante, la pregunta siguió rondándome la cabeza, porque me pareció que guardaba relación con otros dos elementos: la aparición de un personaje díscolo, que no se comporta de la manera prevista; y la cuestión del antagonista, el villano o el guardián del umbral, para utilizar un término de Vogler. No me voy a detener en la primera posibilidad, que merece en sí un comentario aparte. Lo que me gustaría explorar es si se puede «querer» al personaje o personajes que desafían a nuestro héroe, heroína en este caso. Y creo que la respuesta es que sí y que, por eso también, la escritura es una actividad tan singular, porque te obliga a entender la psicología del otro para hacer de él un ser completo, humano y verosímil. Por eso nos sentimos tan incómodos al adentrarnos en determinados relatos (pienso, por ejemplo, en Las benévolas, de Jonathan Little) que nos conducen a intimar e incluso confraternizar con personajes literarios dudosos e incluso execrables. Si nos incomoda es porque nos enfrenta a lo más aterrador: que el monstruo pueda no serlo tanto, o no serlo completamente, conduciéndonos a unas arenas movedizas en las que nosotros también podemos llegar a ser un ser abominable algún día o en otro contexto. Nadie se salva de la duda, ni el que lee ni el que escribe.


    Mi manera de entrar en contacto con mis personajes es dándoles un pedacito de algo mío, algo de lo que yo soy o he sido, algo que me hace entenderlos y que actúa como una llave que me da acceso a ellos. Como se suele decir, entender no significa justificar, es una manera de humanizar al otro, incluso en las situaciones más difíciles. No sé si «amo» a los personajes que se levantan contra Lea, pero sé que están hechos de experiencias, de deseos y frustraciones que les han conducido a ser quienes son y a comportarse como lo hacen. Y en la literatura, como en la vida, partir de este presupuesto nos protege contra el fanatismo, nos mantiene humanos.

     

    Una mujer con el ojo tapado con una mano tapa el ojo de otra mujer

     
     
     

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