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    A propósito de El castillo

    • Foto del escritor: Raquel Montes
      Raquel Montes
    • 17 ago 2025
    • 4 Min. de lectura

    Actualizado: 26 ago 2025


    Este verano he tenido la suerte de rencontrarme con un libro de esos que están en la lista de obligados, El castillo de Kafka. Digo rencontrarme porque había intentado leerlo en otras ocasiones y, tengo que admitir, había acabado dejándolo. No es fácil abrirse paso a través de esa cortina espesa de disquisiciones legales y procedimentales. Así que, esta vez, he intentado acercarme de otra manera: a través del audio. Lo he escuchado en italiano, leído por Alberto Rossatti, un grandísimo narrador de audiolibros, además de traductor. Y, esta vez, sí, ha sido toda una experiencia.


    Gracias a la voz y las buenas artes de Rossatti, la historia consigue desplegarse (aunque no estoy segura de que este sea el mejor verbo, quizás sería mejor decir algo así como “condensarse”) con toda su carga onírica y delirante. Una historia que bien podría describirse como la pesadilla febril de funcionario moribundo destinado a la periferia del Imperio austrohúngaro; a la que el lector queda pegado, atrapado, revolviéndose con él en las sábanas frías y empapadas de sudor. Quizás es por eso que resulta tan fascinante, en el sentido que lo es para un insecto la visión de la araña que se aproxima (cualquiera que haya tenido que vérselas con la Administración entenderá la metáfora).


    Más allá de la lectura evidente sobre los sinsabores de la reglamentada vida moderna, lo más interesante es la cantidad de aproximaciones diferentes, de interpretaciones y lecturas que admite. Una vez cerrado el libro (o pulsado el botón de stop), se sigue pensando en él, en este personaje o aquel, en qué significarán tales palabras o equis escena… Imagino que hay tantos castillos como lectores, porque, imagino también, que cada uno tiene su castillo particular con el que se debate, contra el que lucha por su existencia, por el reconocimiento de su existencia. Sería interesante, de hecho, preguntar a las personas que lo han leído, qué simboliza para ellas.


    Yo me lanzo con mi interpretación, no porque crea que es LA interpretación del libro, sino porque creo que esta lectura puede ayudar entender, en concreto, ciertos aspectos, sobre las sectas (sean de la naturaleza que sean):


    El primero de esos elementos es el mundo cerrado de la aldea, dependiente del castillo, regido por normas no escritas, pero de seguimiento obligatorio y, cuya violación implica punición, que adquiere generalmente la forma de ostracismo o expulsión. Este aspecto es muy difícil de entender para quien no lo ha vivido, pero es un arma muy poderosa que utilizan los grupos coercitivos. Estas normas no dejan rastros escritos, pero son grabadas a fuego por los líderes en las cabezas de los adeptos. De manera que, si estos consiguen abandonar la secta, tienen muy difícil explicar que esas normas existieran y el pánico que les producía tan solo pensar en infringirlas.


    Como el protagonista, K., el extranjero, el que no pertenecen a la comunidad (los de “fuera”) es visto con sospecha y recelo. Su uso de la lógica elemental, la búsqueda de una explicación coherente para lo que ve a su alrededor es una amenaza para un sistema de creencias que no está hecho para ser entendido, sino creído y, sobre todo, no cuestionado. La desconfianza hacia los de “fuera” es uno de los pilares del adoctrinamiento sectario, además de un elemento cohesionador, pues es la barrera que protege del cuestionamiento.


    Los de “fuera”, además, son constantemente infantilizados, tal y como hace la posadera al decir repetidamente a K. que es como un niño, que razona como tal y al que hay que explicárselo todo. Esta infantilización del extraño, en una secta, tiene por objetivo justificar una parte del dogma que es escondida a la luz pública o a los recién llegados (personas que se interesan por la organización pero que todavía no han sido captadas). En un sistema coercitivo suele haber una parte de normas que son expuestas públicamente y otras que no, porque son precisamente las que convierten a un grupo cualquiera reunido en torno a un tema en una secta y las que, de conocerse desde el inicio por los interesados, les harían salir corriendo.


    Otro elemento que podríamos resaltar tiene que ver con el castigo que sufren los miembros de la comunidad que desafían las normas. Es el caso de Frida que, al relacionarse con K., pasa a ser vista con la misma desconfianza y sospecha que él, se convierte en objeto de habladurías y de juicios, pierde la confianza del resto del grupo, e incluso la posadera le retira su protección (aunque esta intentará repetidamente alejarla de K. y hacerla regresar). Así, en las sectas, el que se relaciona con alguien de “fuera” pasa a ser considerado una amenaza, lo que es una forma de presión sobre el individuo transgresor para que vuelva al redil, y de castigo ejemplarizante para el resto.


    Por último, cabe detenerse en el mecanismo de exclusión total que se ve en la historia de Amalia y su familia. Lo que ilustra este caso no es lo que ocurre al transgredir una norma, sino al señalar el abuso cometido por parte de un miembro del castillo. Lo punible no es la injusticia cometida hacia ella, sino que ella se atreva a denunciarla. Una de las cosas que un miembro de una secta nunca, pero nunca puede hacer es criticar al líder o a la organización. La crítica, el disenso, la confrontación de opiniones no existen dentro de una secta. El líder y la organización son considerados perfectos, no se equivocan.


    Aunque la lista podría ser más larga, creo que esta lectura estos son los aspectos que más me han hecho reflexionar. Con K. concluyo: “El castillo estaba siempre allí, remoto, inaccesible, como si ocultara un secreto que jamás podría ser revelado”.



     
     
     

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